DEL BIENESTAR A LA INTEMPERIE

A primera hora de la mañana, en el centro de Valencia, frente a la antigua sede de Hacienda, varias personas duermen en la calle. Las imágenes tomadas muestran cuerpos inmóviles, cubiertos con mantas, apoyados en cartones. La ciudad arranca el día. Ellos siguen fuera.

La escena plantea una pregunta incómoda: ¿qué tan fácil es caer en la pobreza en una sociedad que, en teoría, debería proteger?

En España, más de 28.000 personas viven en situación de sinhogarismo, según el Instituto Nacional de Estadística. A nivel global, Naciones Unidas estima que más de 300 millones de personas no tienen hogar, mientras cerca de 2.800 millones carecen de una vivienda adecuada.

El dato rompe una idea extendida: la pobreza extrema no es exclusiva de países pobres. Economías avanzadas como Estados Unidos concentran altos niveles de riqueza y, al mismo tiempo, cientos de miles de personas sin techo. En paralelo, países con menor renta como Burundi o Malawi enfrentan pobreza estructural persistente.

¿Cómo se produce la caída?

Los expertos coinciden en que no existe una única causa. El proceso suele ser acumulativo y, en muchos casos, rápido. Una pérdida de empleo, un alquiler que sube, una separación, una enfermedad o un problema de salud mental pueden actuar como detonantes. Si no hay red familiar o apoyo institucional suficiente, la vulnerabilidad se acelera.

El acceso a la vivienda es uno de los factores críticos. El encarecimiento del alquiler en las ciudades, unido a la precariedad laboral, deja a muchas personas en una situación límite. Cuando ese equilibrio se rompe, la caída puede ser inmediata.

Esta realidad no solo está en los datos. El cine la ha contado durante años. En The Pursuit of Happyness (En busca de la felicidad), un padre y su hijo atraviesan la indigencia en Estados Unidos. En Nomadland (Tierra de nómadas), la precariedad obliga a vivir en la carretera. Y en I, Daniel Blake (Yo, Daniel Blake), el sistema de bienestar en Reino Unido muestra sus grietas.

Aquí aparece la paradoja del sistema. El llamado estado de bienestar no falla siempre, pero no llega a todos. Funciona bajo determinadas condiciones. Cuando una persona pierde esos anclajes, también pierde, en parte, la protección.

Vivir en la calle es la fase más extrema de ese proceso. No es solo no tener vivienda. Es quedar fuera del sistema.

Algunos países han demostrado que se puede revertir. Finlandia ha reducido el sinhogarismo aplicando el modelo “Housing First”: ofrecer vivienda estable como punto de partida.

Las imágenes de Valencia no son una excepción. Son una señal.

Porque la pregunta no es solo quién está hoy en la calle.

Es cuántos pasos hay entre una vida normalizada… y dormir mañana a la intemperie.

🎧🎙En el programa La Otra Cara que dirige María Eugenia Claros en  Radio Expresión 106.6 , la radio de los periodistas hemos hablado de este tema con intervenciones desde Nueva York y Uruguay.

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estherroig

Periodista en continuo aprendizaje. Vivir es una experiencia que necesita ser contada. La comunicación nos hace crecer, acorta distancias y nos enriquece. Con el tiempo he aprendido que la vida se compone de historias, grandes y pequeñas, de palabras, imágenes y contenidos, y de cómo los compartimos. Lo que no se comunica no existe. Hoy escribo historias para comprender la vida, para detenerla en sus matices, porque cada relato es un intento de entendernos y entender el mundo que nos rodea.

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