En un rincón tranquilo del mundo, donde los árboles hablaban entre ellos y el viento susurraba secretos al mar, vivía una gata gris de mirada sabia y andar elegante. Su nombre era Milufer, Milufer Diviniti, y aunque su pelaje brillaba como la plata bajo la luna, lo que más resaltaba de ella era su alma: serena, curiosa… y profundamente sabia y bondadosa.
Una mañana de primavera, mes de mayo, Milufer caminaba entre olas de amapolas cuando escuchó un sollozo. Bajo una olivera, sentada con las rodillas recogidas, estaba Lía, una niña de cabello revuelto y ojos que se ocultaban tras tristeza.
—¿Por qué lloras? —preguntó Milufer, con esa voz que solo las almas sensibles pueden oír.
Lía levantó la vista, sorprendida por la gata.
—Porque soy fea. Nadie quiere jugar conmigo.
Milufer se acercó despacio, ronroneando.
—¿Fea? Vaya… qué palabra tan pobre para alguien con un corazón tan lleno de lluvia dulce. ¿Te cuento un secreto?
Lía asintió.
—Hay un tesoro escondido, dejado por antiguos piratas, que una vez robaron los sueños de los niños de una isla mágica. Pero aún queda esperanza: si logramos encontrarlo y devolvérselo a quienes pertenecía, aprenderás a ver la verdadera belleza… con el corazón.
Y así, comenzó la aventura.
Capítulo 2: La brújula que no marcaba el norte
Lía miró a Milufer con los ojos muy abiertos.
—¿Dónde está ese tesoro?
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