Mutilación genital femenina: violencia de género y la resistencia que la desafia.

Más de 230 millones de mujeres y niñas han sido sometidas a mutilación genital femenina (MGF) en el mundo, según UNICEF. Cada año, otros cuatro millones de niñas están en riesgo. Las cifras no hablan de un fenómeno marginal, sino de una práctica profundamente arraigada en determinadas sociedades, especialmente en África y en algunos países de mayoría árabe. Pero los datos también cuentan otra historia: la de un cambio lento, desigual, impulsado desde dentro por mujeres que han decidido romper una cadena que parecía inquebrantable. La MGF no es solo un problema de estadísticas; es un reflejo de cómo las sociedades controlan el cuerpo de las mujeres desde la infancia. Es política, cultura y tradición entrelazadas, pero también es lucha, resistencia y transformación. Donde hay mujeres dispuestas a cuestionar, educar y proteger, la cadena empieza a romperse y las niñas pueden soñar con un futuro distinto.

Una práctica que no es tradición, sino control

En países como Somalia, Egipto o Sudán, más del 80% de las niñas han sido sometidas a MGF antes de la adolescencia. Se presenta como tradición, como requisito para el matrimonio o como garantía de pureza. Pero en su raíz, lo que opera es un sistema de control sobre el cuerpo y la sexualidad femenina.

La Organización Mundial de la Salud la define como la alteración o lesión de los genitales femeninos por motivos no médicos. Sus consecuencias no son simbólicas: son físicas, psicológicas y permanentes.  Dolor extremo, infecciones, complicaciones en el parto, secuelas emocionales. La lista es larga, pero hay algo más difícil de medir: la interiorización de una norma que enseña a las niñas, desde muy pronto, que su cuerpo no les pertenece del todo.

Un mapa desigual

La mutilación genital femenina no se distribuye de forma homogénea.  En África oriental y occidental se concentran las tasas más altas: Somalia, Egipto, Sudán, Guinea o Mali superan ampliamente el 80% de prevalencia.

En otros países —Etiopía, Burkina Faso, Gambia o Nigeria— las cifras siguen siendo elevadas, pero muestran un descenso progresivo, especialmente entre las generaciones más jóvenes.

Y hay un tercer grupo que rompe el relato simplista: Marruecos, Argelia o Túnez, donde la práctica es prácticamente inexistente. También Ruanda, Uganda o Sudáfrica han logrado reducirla a niveles residuales.

Esta diversidad desmonta un argumento habitual: la MGF no es inevitable ni inherente a una cultura. Es una práctica social que puede cambiar.

Leyes que no siempre llegan al cuerpo

Más de 25 países africanos han prohibido la mutilación genital femenina. Sobre el papel, el avance es claro. En la práctica, no tanto.  Aun continúa  esta practica en la clandestinidad, en ocasiones a edades más tempranas y, en ciertos lugares, incluso bajo supervisión médica. La ley puede ser un límite, pero la norma social pesa mucho más. El cambio real depende de educación, conciencia y activismo local. La prohibición ha desplazado la MGF hacia la clandestinidad en muchos lugares. En algunos casos, incluso ha provocado un efecto perverso: se adelanta la edad de las niñas o se recurre a profesionales sanitarios para “medicalizar” la práctica y reducir riesgos inmediatos, sin cuestionar su existencia.  La ley establece un límite. Pero cuando la presión social sigue intacta, ese límite se vuelve frágil.

Las mujeres que han cambiado la conversación

El giro más significativo no viene solo de organismos internacionales, sino de voces que emergen desde dentro de las propias comunidades. Mujeres como Waris Dirie, fundadora de Desert Flower Foundation, utilizan su experiencia personal para educar y proteger a otras niñas. Jaha Dukureh, activista gambiana, logró impulsar la prohibición de la MGF en su país y sigue trabajando para cambiar mentalidades. Efua Dorkenoo visibilizó la práctica a nivel internacional y promovió políticas de protección a niñas, fue una de las primeras en llevar el debate a espacios internacionales, obligando a instituciones a posicionarse.  Leymah Gbowee, Nobel de la Paz, demostró cómo la lucha contra la MGF y la violencia de género puede articularse con procesos de paz y derechos humanos.  Waris Dirie convirtió su historia personal en una denuncia global y fundó la Desert Flower Foundation para combatir la práctica. Y Jaha Dukureh que  impulsó la prohibición de la MGF en Gambia tras una campaña sostenida desde la sociedad civil. Estas mujeres no son excepciones aisladas. Representan un patrón: el cambio es más profundo cuando nace desde dentro, cuando son las propias mujeres quienes cuestionan la norma.

Entre el avance y la inercia

En países como Kenia, Etiopía o Burkina Faso, las nuevas generaciones muestran una menor prevalencia. La educación, el acceso a información y las campañas comunitarias están teniendo impacto real.  Sin embargo, el crecimiento demográfico y la persistencia de normas sociales hacen que, en términos absolutos, el número de niñas en riesgo siga siendo elevado.

Es una paradoja incómoda: se avanza, pero no lo suficiente.

Una cuestión de derechos, no de cultura

La mutilación genital femenina suele quedar atrapada en un debate simplificado entre tradición y modernidad. Pero el enfoque de derechos humanos desplaza esa discusión: no se trata de juzgar culturas, sino de proteger a niñas.  En ese marco, la MGF se entiende como lo que es: una forma de violencia de género ejercida sobre menores, sostenida por normas sociales que pueden y están siendo transformadas.

Lo que está en juego

Hablar de mutilación genital femenina no es solo hablar de cifras. Es hablar de quién decide sobre el cuerpo de las niñas.  Es hablar de silencios heredados y de voces que empiezan a romperlos.

Y es reconocer que, aunque el problema sigue siendo masivo, también lo es la resistencia.  Cada ley que se aplica, cada comunidad que cuestiona, cada familia que decide no continuar con la práctica introduce una grieta en el sistema.  A veces pequeña, pero irreversible.

🎙🎧De todo esto hemos hablado en el programa La Otra Cara de Radio Expresión 106.6 , la radio de los periodistas en Bolivia. Te dejo aquí el enlace 👇 Mi intervención a partir del  minuto 8’35

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estherroig

Periodista en continuo aprendizaje. Vivir es una experiencia que necesita ser contada. La comunicación nos hace crecer, acorta distancias y nos enriquece. Con el tiempo he aprendido que la vida se compone de historias, grandes y pequeñas, de palabras, imágenes y contenidos, y de cómo los compartimos. Lo que no se comunica no existe. Hoy escribo historias para comprender la vida, para detenerla en sus matices, porque cada relato es un intento de entendernos y entender el mundo que nos rodea.

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