« El cementerio es la casa de los que no están», escribió Italo Calvino en su relato Asomándose desde la abrupta costa
Quedan pocos días para el Día de Todos los Santos. Días de cementerios, flores y recuerdos. De pensar en quienes se fueron y ya no volverán.
¿Nunca? ¿Nunca?
Así de rotunda era mi abuela Rosario.
—¿Y adónde van los que se mueren?
—Al cielo, dicen. Unos al cielo y otros al infierno.
Pero de ninguno de los dos sitios había regresado nadie para contarlo.
—¿Y una sabe cuándo se va a morir? —le pregunté una vez. No tendría ni diez años.
—El cuerpo, sí. Lo intuye.
—¿Cómo?
—Empieza a apagarse. La respiración cambia, se vuelve más pausada. Ya no hay hambre ni sed. Solo recuerdos, sueños y una calma profunda. Entonces, dicen, se oye una música y se ve una luz.
—¿Y qué más?
—Allí están tus familiares muertos, esperándote.
No parecía que aquello diera miedo.
—No —me contestó.
Creo que da paz.
No entendí entonces aquellas palabras. Ahora, sí.
Mi abuela materna, Rosario, era una mujer sabia. Tenía esa manera de hablar de lo desconocido sin convertirlo en algo aterrador, sin necesidad de tener todas las respuestas.
No sé qué hay después de la muerte. Tampoco sé si existe esa luz o si alguien nos espera. Cada cual tendrá sus creencias y sus preguntas.
Pero hay algo que sí sé: quienes se van siguen formando parte de nuestra vida. En lo que recordamos, en lo que aprendimos de ellos, en esas conversaciones que el tiempo rescata cuando menos lo esperamos.
Yo todavía escucho a mi abuela.