Hay regalos que el tiempo convierte en tesoros.
Entre los objetos que conservo desde mis viajes a Bolivia hay una pequeña caja de cerillas forrada con un delicado papel de colores. En su interior guarda unas diminutas piedras que, para cualquiera, podrían pasar desapercibidas.
Para mí es uno de los regalos más valiosos que he recibido nunca.
Me la entregó Joaquín Chuve cuando lo conocí en San Lorenzo, una pequeña comunidad de la Chiquitanía boliviana.
La abrió despacio y, con una mezcla de timidez y orgullo, me explicó que aquellas piedrecitas las había ido recogiendo una a una para regalármelas. Era su forma de agradecer la ayuda que iba a recibir para poner en marcha un pequeño proyecto con el que soñaba desde hacía tiempo.
Nunca he olvidado aquel gesto.
Porque comprendí que la generosidad no depende de lo que se tiene, sino de lo que se está dispuesto a ofrecer. Hay personas que poseen muy poco y, sin embargo, encuentran la manera de regalar algo profundamente valioso: una parte de sí mismas.
Joaquín era padre de cinco hijas. Agricultor. Emprendedor por necesidad. Quería crear una pequeña plantación de caña de azúcar para producir miel de manera artesanal. Tenía la experiencia, la voluntad y una enorme capacidad de trabajo. Lo que no tenía eran los recursos para empezar.
A través del doctor Never Aguilera, pidió ayuda a MENUTS DEL MÓN.
Necesitaba 500 euros.
No era una gran cantidad. Pero tampoco era un dinero fácil. Aquellos 500 euros no procedían de ninguna subvención pública ni de grandes empresas. Fueron reunidos gracias a las actividades solidarias organizadas por la ONG y a las aportaciones de socios y socias que, sin conocer personalmente a Joaquín, decidieron confiar en él.
Con aquella ayuda pudo comprar caña de azúcar para el cultivo, una paila de bronce para elaborar la miel, dos burros para el transporte y la fuerza de tracción, además del material imprescindible para comenzar.
Después vino el silencio.
Como sucede tantas veces en cooperación, los proyectos siguen su camino y la vida continúa. No siempre sabemos qué ocurre con las personas a las que un día acompañamos.
Hasta que, tiempo después, llegó una noticia desde Bolivia.
El doctor Never Aguilera me llamó para contarme que Joaquín se había puesto en contacto con él para ofrecerle miel de caña. Al preguntarle cuánta tenía disponible, la respuesta lo dejó sorprendido: más de cien litros preparados para vender en la ciudad.
El pequeño proyecto había echado raíces.
Joaquín había ampliado el cultivo y su producción era ya sostenible. La miel, elaborada de forma artesanal en una paila de bronce y enfriada en vasijas de arcilla, era conocida por su calidad y comenzaba a convertirse en un ejemplo para otros comuneros.
Never añadió un detalle que me hizo sonreír.
La burrita comprada con la ayuda del proyecto había tenido dos crías.
Puede parecer una anécdota, pero en el mundo rural significa mucho más. Significa capacidad de trabajo, autonomía y nuevas oportunidades para una familia.
Han pasado los años y ya no sé qué habrá sido de Joaquín.
No sé si sigue cultivando caña de azúcar. No sé si continúa elaborando miel. No sé qué camino habrán seguido sus cinco hijas.
Pero sí sé que una vez un hombre me regaló una caja de cerillas llena de piedras de colores porque creyó que aquel era el mejor modo de dar las gracias.
Y también sé que, gracias al esfuerzo de muchas personas anónimas que colaboraban con MENUTS DEL MÓN, aquel sueño tuvo la oportunidad de empezar a caminar.
A menudo pensamos que la cooperación consiste en llevar soluciones.
Yo cada vez creo más que consiste, sobre todo, en confiar.
Confiar en personas como Joaquín.
Porque cuando alguien encuentra una oportunidad y la convierte en trabajo, dignidad y esperanza, descubrimos que el verdadero valor de aquellos 500 euros nunca estuvo en el dinero.
Estuvo en la confianza.
Y esa pequeña caja de cerillas, que todavía conservo, sigue recordándomelo cada vez que la abro.


