Hoy he vivido una experiencia que guardaré en ese lugar donde se quedan las cosas importantes. La primera lectura de El Club de los gatos mágicos. Historias para ver con el corazón ante niñas y niños de una Escuela Infantil.
Confieso que iba emocionada. Y también nerviosa.
Porque escribir un cuento es una cosa. Pero leerlo en voz alta delante de la infancia —ese territorio donde todo es verdad o no es nada— es otra muy distinta. Los niños y las niñas son el público más sincero del mundo. No disimulan el aburrimiento. No regalan atención por educación. No sostienen una historia si esta no les toca algo por dentro.
Y quizá precisamente por eso ha sido tan especial.
Ver sus ojos atentos. Sus preguntas inesperadas. Sus risas. Ese silencio mágico que aparece cuando una historia consigue entrar en el corazón de quien escucha.
He comprendido, una vez más, la enorme importancia que tienen los cuentos en la infancia. Y no hablo solo de aprender a leer.
Hablo de aprender a sentir.
Vivimos en una sociedad acelerada, llena de estímulos inmediatos, pantallas y prisas. Y, sin embargo, sigue existiendo algo casi sagrado en el acto de sentarse junto a un niño o una niña y abrir un cuento. En ese instante sucede mucho más de lo que parece.
Un cuento no solo entretiene.
Un cuento ayuda a nombrar emociones.
A comprender el miedo, la tristeza, la alegría o la diferencia.
Ayuda a desarrollar la empatía.
La imaginación.
La escucha.
La capacidad de ponerse en el lugar del otro.
La infancia necesita historias porque necesita símbolos. Necesita metáforas. Necesita espacios seguros donde comprender el mundo sin dureza, pero también sin mentiras.
Los cuentos son, muchas veces, el primer lugar donde aprendemos que existe la bondad. La amistad. La pérdida. El valor. La ternura. Incluso la esperanza.
Y algo más importante todavía: un cuento leído en voz alta crea vínculo.
Cuando un adulto lee a un niño, le está diciendo sin palabras: “te dedico este tiempo”, “tu mundo me importa”, “estoy aquí contigo”. Y eso deja huella. Mucha más de la que imaginamos.
Como autora, esta experiencia también me confirma algo que intuía desde hace tiempo: la literatura infantil no es un género menor. Nunca lo ha sido. Es, probablemente, una de las formas más delicadas y responsables de literatura que existen. Porque escribir para la infancia exige honestidad. Los niños detectan enseguida lo impostado. Lo vacío. Lo artificial.
Ellos necesitan verdad.
Quizá por eso escribir cuentos me está reconciliando con una parte esencial de mí misma. Con la capacidad de asombro. Con la fantasía. Con esa mirada que todavía cree que los gatos pueden ser mágicos y que hay historias capaces de enseñarnos a “ver con el corazón”.
Y no, eso no es infantilizarse.
Tal vez crecer de verdad consiste precisamente en no perder del todo esa puerta interior.
Salgo de esa Escuela Infantil profundamente agradecida. A las maestras. A los pequeños oyentes. A sus abrazos espontáneos. A sus ojos abiertos como ventanas.
Y pienso que, mientras existan historias compartidas entre la infancia y quienes aún creen en la magia de contarlas, todavía habrá esperanza para este mundo.