Lidia Rosell Sanjust es una profesora y formadora de yoga octogenaria, tiene tres hijos y siete nietos. Se define como una mujer muy familiar, muy de su casa, de los suyos. Desprende una energía serena y luminosa, juvenil, alegre. Así es Lidia Rosell, una yoguina de sonrisa abierta y corazón grande que nos dice convencida que la felicidad pasa por encontrar tu camino y ese se consigue a través del yoga. Fue de las primeras personas que formo parte de la Asociación Española de Practicantes de Yoga, AEPY , una Asociación Profesional y humana que le rinde un homenaje a su persona y a su trayectoria en el mundo del yoga.
¿Lidia, como llego al yoga?
Fue en el año 1972, después de mi tercer parto. Necesitaba recuperarme del embarazo y me apunte a unas clases de yoga movida también por la curiosidad, ¿Qué será eso del yoga? Y ya desde la primera clase me quede encantada al ver que integraba mente, cuerpo y espíritu. Eso lo que andaba buscando y entendí que el yoga me lo daba todo, que con sus practica me sentía y me siento feliz.
¿Qué le hace dar el paso a convertirse en profesora?
Fue poco a poco. Iba buscando mi equilibro interior, mi paz, integrar cuerpo, alma y espíritu . Y encontré un libro de Antonio Blay Foncuberta titulado, ‘Creatividad y plenitud de vida’. Su lectura me fascinó, me conecto con lo que andaba buscando. Di la voz de que quería conocerle y acabé asistiendo a clases de una alumna suya. Con esta profesora descubrí la energía del Kundalini. Quiere que le cuente una experiencia que viví…
Claro, cuéntela…
Siempre me ha gustado practicar yoga en el campo, en la naturaleza. Cuando empecé a practicar el Kundalini tuve una experiencia mixta. Fue mi despertar más profundo. Tuve un sueño, tan real como una visión… Se me planteaba el volar libre como un pájaro majestuoso o quedarme con mi familia. Y decidí hacer las dos cosas, puedo con todo me dije. Desperté de esa experiencia que yo definiría mixtica y estaba llorando de alegría. No sé qué me ha pasado, dije. La profesora me miro y me contesto, se te ha despertado el Kundalini, los chacras conectando con el cosmos. A partir de ese momento cambio mi vida.
¿Cómo cambio? ¿Qué paso a partir de ese momento?
Tuve una separación de mis compañeras de yoga con las que había empezado y con las que compartía un centro de yoga en Manresa, Barcelona. Mis socias me dijeron que había cambiado, que me había convertido en una persona que ellas no entendían y me marche. Hubo ruptura, pero también renacer. Me dije soy afortunada, tengo fuerza, sigo mi camino y abrí mi propio centro de Yoga ‘Aura Ioga’ que ahora regenta mi hija Marcia Cecchini
Lidia, cómo definiría su transitar por el camino del yoga
No ha sido fácil, pero no he sufrido, he de decir que siempre he tenido apoyo. Doy gracias por eso, intento conectar con el alma de las personas, sé que hay un lazo entre todas las almas que no se separa nunca. Quizá todo esto lo siento porque soy creyente. Tengo fe y creo y admiro la figura de Jesús. Siento que en esta vida estoy haciendo lo que he venido a hacer.
¿Usted cree que la felicidad pasa por encontrar tu camino y eso se consigue a través del yoga?
Si, sin duda. La práctica del yoga me ha abierto los ojos a la espiritualidad, no la religión, sino el yoga. Mi admiración a la figura de Jesús no es como ser religioso, sino por su espiritualidad. El yoga me hizo conectar con mi ser espiritual, con la energía del cosmos y con los seres humanos. Esa conexión me lleva a estados de felicidad.
¿Hablando de felicidad, como la definiría?
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